Estoy a dos pasos, literales, de terminar la carrera. Y, sí: no me lo creo.
¿Quién me iba a decir a mí, con 15 años, repitiendo 3º de la ESO que, yo, iba a estudiar en la universidad? Siempre he tenido clara una cosa: que la universidad no era para mí. No porque no me sienta capacitada para afrontar 4 años estudiando, porque así es como he pasado toda mi vida desde parvulitos hasta ahora. Simplemente no me veía en ese ámbito estudiantil. Algunos seguro que pensarán: "pues vaya expectativas más bajas tenías de la vida", pero yo no pienso que por tener una carrera universitaria valgamos más que teniendo un grado superior, que esa siempre ha sido mi meta.
Durante toda esta vorágine de exámenes, trabajos, cuatrimestres no me he parado a pensar todo lo que he conseguido desde aquella vez que, con 15 años, decidí repetir 3º de la ESO. Ese episodio de mi vida se vio como un fracaso y, seguramente, eso era lo que aparentaba. Pero nada más lejos de la realidad. Ese tropiezo hizo que me diera cuenta de la gran tontería que había hecho por no tomarme en serio los estudios. Y jamás me volvió a pasar. Aprendí. Y eso es algo que tengo que valorar de mí.
Me da pena no verme a mí por fuera y ver todo lo que he conseguido a lo largo de estos 11 años. Tengo el defecto de ver los logros de los demás y alegrarme, pero no ver los míos y me da rabia a la vez que sentimiento de no saber verme. No sé cómo verme. Pero ahora que estoy escribiendo esto estoy orgullosa de mí. Conseguí aprobar 3º de la ESO, aprobé cinco asignaturas en 2º de bachillerato en la recuperación y no tuve que repetir ese curso. Entré, después de un año intentándolo, en el grado superior que tantísimo quería y que me ayudó a conocerme a mí misma y a darme cuenta de que los niños son la inocencia que todo el mundo debería tener frente al mundo. Tras terminar el grado superior descubrí que no quería estudiar Primaria, carrera que me estaba planteando hacer. A día de hoy no me arrepiento de no haber estudiado eso y me siento también muy satisfecha. El grado superior me dio la llave para abrir la puerta de la universidad; puerta que nunca quería traspasar. Pero la vida es así. Planeas cómo quieres que sea pero puede llegar un día algo que haga que todo lo que habías planeado se derrumbe y tengas que improvisar. Así que, lo único que me quedaba era traspasar esa puerta y encontrarme con filología. Pasé de querer irme a mi casa y hacer otro grado superior el primer año, a seguir continuando porque de verdad que sí que valía para esta carrera.
Y aquí estoy hoy escribiendo esto a tan solo un TFG y una asignatura que recuperar de cerrar esta etapa que jamás pensé vivir. Y qué bonito es que la vida te sorprenda así de esta manera tan inesperada para mí y haga que me replantee el hecho de no estudiar una carrera y estudiar otra completamente distinta.
Jamás me había planteado estudiar filología hispánica, pero era algo que siempre me ha gustado.
No me da pena que estos años se acaben. Estoy apunto de cerrar esta etapa y me siento feliz, porque sí que pude. Muchas veces nos cerramos nosotros mismos las puertas sin darnos cuenta que están entornadas y que con un simple gesto se pueden abrir. Siempre hay que luchar hasta el final, aunque perdamos, pero por lo menos que no sea por nosotros el no haberlo intentado.
La palabra idónea para definir esta etapa universitaria, para mí, sería la palabra LIBERTAD y SUPERACIÓN.
Gracias, filología. Te has llevado muchísimas cosas de mí, pero yo me he llevado otras tantas de ti. Y qué bueno que hayamos aprendido la una de la otra.
No hay comentarios:
Publicar un comentario