Escribir esto hace que se convierta en realidad aquello que viví desde septiembre del 2015.
Ya todo ha terminado, (¿por fin?)
Quizá no he sido consciente, hasta ahora, de que, a día de hoy, HE TERMINADO UNA CARRERA UNIVERSITARIA. Carrera que jamás me había planteado, porque desde siempre tenía muy claro lo que quería ser. Puede que, por esta razón, me impresione ver hasta dónde he llegado.
Sin embargo, el camino hasta llegar hasta el final no ha sido fácil. Tomé la decisión de comenzar de cero. Quizá algo dentro de mí quería que descubriera quién era yo en realidad. Sentía que era el momento de demostrarme si era o no capaz de cualquier cosa que me propusiera. El primer paso: echar la prescripción y esperar. Después formalizarlo todo matriculándome. Posteriormente ir a la presentación del curso 2015/2016. Ya era real: iba a estudiar en la universidad.
El primer año fui muchísimo a lo que había sido mi casa durante 22 años. La echaba de menos. Era lo único que había conocido hasta ahora de mundo. Ahí había sido feliz. Me costó un año adaptarme y aceptar el hecho de que había tomado la decisión de estudiar en un sitio completamente desconocido para mí. Tenía que aceptarlo.
El segundo año cambió. Aun así, también siguió siendo duro. Mi entorno no me lo puso fácil para seguir lejos de lo que era mi casa. Menos mal que tuve gente a mi alrededor que me veían todos los días y me hicieron recapacitar ante la situación que estaba viviendo desde aquella decisión.
El tercer año fue mi mejor año. Estaba aprendiendo tantísimo que me sentía realizada. Aparte de formarme y llenarme de conocimientos estaba descubriendo quién era. Desde ese momento descubrí que la que se había ido con 22 años de su casa para estudiar en otro sitio no era la misma persona que estaba viviendo en esa vorágine de sensaciones.
Y llegó el cuarto año y con él las despedidas. En realidad, cuando empezó septiembre y con él el primer cuatrimestre no era todavía consciente de que esto se acababa. Me gradué y aun así no veía el final. Expuse el trabajo final de grado y para mí no había terminado. Solo sentí que estaba viviendo el final cuando el 30 de junio del 2019 subieron la nota de la asignatura que me había quedado en el primer cuatrimestre. Ahí lloré. No era consciente de todo lo que había conseguido.
A lo largo de todo este tiempo he pensado en dejar la carrera dos veces. Circunstancias externas a mí me hacían replantearme el hecho de haber decidido dejar mi casa para estudiar en otro sitio donde no había nada que fuese conocido para mí. Ciertas personas no dejaron que eligiera por mí momentos que, de haberlos vivido, estoy segura que habrían sido una gran enseñanza. Ahora que miro todo con perspectiva pienso que estaba viviendo la vida que le hubiera gustado vivir a cierta persona, que no era yo, que todo lo que quería hacer no era lo correcto, nadie respectaba mis decisiones por muy insignificantes que parecieran; seguían siendo mis decisiones.
A día de hoy no me arrepiento de haber tomado la decisión de estudiar en otra ciudad, ya que gracias a ello he aprendido que las segundas oportunidades con las personas no existen, que yo soy capaz de lo que me proponga si le pongo empeño y confío en mí (en esto último todavía estoy trabajando), que si las cosas se ponen difíciles es porque tenían que ponerse así; todo pasa por algo, ahora tengo más claro qué es lo que quiero, pero tengo más claro lo que no quiero y eso me hace sentir feliz.
Hasta siempre filología hispánica. Gracias a ti he crecido y he florecido. Te agradezco que me hayas dado esa oportunidad. Ahora sé quién soy y me alegro de haberme conocido.
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