El día que conseguí coger las riendas de mi vida me sentí libre.
Y aunque suene incongruente me siento en la capacidad moral de decir, de afirmar que: sí, soy yo.
Ahora siento que soy yo. Ahora siento que quien hace el camino soy yo y en mis pasos me siento reflejada.
El mayor temor en la vida es elegir un camino y sentir que es el equivocado, pero, con todo el camino que llevo andado siento y estoy segura que no ha podido ser más acertado.
Nos "creamos" una vida. Cuando somos pequeños nos imaginamos que a los 20 estaremos casados y que a los 25 empezaremos a tener hijos. Pero nada más lejos de la realidad. Llegan los 20 y lo único que te apetece es seguir formándote e ir creciendo como persona. ¿Hijos? ¿Quién ha hablado de ellos cuando apenas hemos comenzado a disfrutar de la vida?
Nuestros padres nos dicen: estudia, busca trabajo, después una casa, y ya podrás casarte para después tener hijos. Por ese orden.
Y yo me pregunto, ¿acaso la vida tiene orden? ¿Acaso la vida no es un caos lleno de desorden y de caminos que van y vienen mientras nosotros vamos pasando por ella indecisos sin saber muy bien por dónde tirar?
La vida es eso: crecer. Y crecer implica tener responsabilidades.
¿Por qué debemos ser tan ordenados y tan cautos si a lo único a lo que nos dedicamos desde el momento en el que nacemos es a vivir? ¿Acaso es malo casarse antes de terminar los estudios? ¿Afecta ese "nuevo estado civil" a tu capacidad para seguir adelante por tu sueño? ¿Debemos pasar toda la vida en el sitio en el que nacemos o salir y conocer otras ciudades, otros países, otras personas o ambientes? ¿Acaso quedarte en el sitio donde naces te hace ser mejor persona e irte a otro lado peor?
Muchos necesitamos salir para volver a reencontrarnos, ya que muchas veces no hay nada más simple que preparar la maleta e irte.
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