Lo sé.
Es más fácil saber por dónde ir cuando se sabe dónde están los baches, pero: ¿qué sería de la vida si supiéramos exactamente a cada momento lo que va a suceder? ¿Dónde estaría la sorpresa? ¿Habría lugar para ella? ¿Existirían esos instantes previos de emoción al saber algo que tú quieres que te salga bien, pero que tienes una pequeña duda de si eso que piensas saldrá adelante? ¿Quedará algún rastro de esa esperanza que nos creamos cuando asumimos que, si hay una pequeña probabilidad, por muy pequeña que sea, intentarlo?
Quizá no. Quizá lo divertido de la vida no es saber vivir, sino vivir. Así, sin más. Parece fácil, ¿no?
Pues te equivocas.
Vivir es ir subiendo escalones imaginarios, en los cuales te encontrarás toda clase de obstáculos. Pero esos obstáculos solo van a retrasar un poco más el momento en el que digas: lo conseguí, por fin estoy aquí. Nada más.
Y hace poco me he encontrado con uno de esos obstáculos. Y estoy segura que sé cómo te puedes llegar a sentir (porque yo lo sentí) cuando pones todo de tu parte para llegar al primer escalón y sientes como una gran bola de mierda te hace retroceder hasta el principio. Y piensas: ¿de qué vale todo lo andado? ¿de qué vale que me esfuerze? ¿quién me recompensa cuando he puesto todo de mí? ¿cuándo acertaré por primera vez y me dejaré las segundas oportunidades para otros?
Me caí, sí. No pude a la primera, sí. Es un hecho. Es una realidad. Tengo que estar acostumbrada. Pero, ¿quién se acostumbra al fracaso? Porque así me siento.
No hay comentarios:
Publicar un comentario