lunes, 21 de abril de 2014

La misma mierda de siempre

Cuando vuelves al lugar donde sabes que has sido feliz con alguien, te das cuenta que nada ha cambiado. El mismo banco, los mismos locales, el mismo parque, el mismo ambiente. Nada parece salirse fuera de lo normal. Salvo tú. Es algo parecido como a salir corriendo sin mirar atrás, sin saber hacia dónde te diriges, buscando en tu cabeza algún lugar en el que poder refugiarte al margen del resto. Y solo cuando automáticamente decides pararte, observas que el mundo nunca ha dejado de girar. Solo ha evolucionado, dejando atrás lo antiguo para ofrecernos algo nuevo. Así somos nosotros. Somos pequeños mundos en los cuales existen millones y millones de virtudes y defectos, donde vamos cambiando dependiendo de las circunstancias y nos amoldamos a lo que nuestro destino nos pone frente a nuestras narices. Y sigues avanzando y las calles parecen chillar recuerdos. Ves a gente que, por una cosa o por otra, decidió escoger otro camino distinto al tuyo. Y ya no sientes miedo. No te replanteas el por qué de lo sucedido, porque ya has aprendido a vivir sin esos detalles que forman tu historia. Y es ahí donde nos tenemos que dar cuenta que hemos cambiado. No sé si para bien o para mal. Pero así es. Echas la vista atrás y cualquier fecha te traslada a «ese momento» o «esa persona». Y ya no duele recordar. Porque los recuerdos no pesan, sino que te acompañan porque te definen. Y ahí, solo ahí, cuando sientes que todas la personas que ya no están tienen una razón para no ser tu presente, es cuando sientes la magia de la vida. Lo que no es para ti algún día el destino te lo quita. No lo llames sufrimiento,  llámalo aprender a ser.

Y así. Pasado, presente y futuro se unen cada día para crear a la persona que está leyendo esto. Y ya no duele que te abandonen. Lo que duele es confiar a ciegas ignorando que, en cualquier momento, esa persona puede irse por la puerta de atrás de tu vida.

No hay comentarios:

Publicar un comentario