Se enciende un cigarro y contempla el paisaje que lo rodea. Abre el armario que está al lado de la ventana y se echa whisky. De un trago se lo bebe. Vuelve a contemplar el paisaje. Es de día. Puede que las cinco o las seis de la mañana, pero en su interior la noche ha decidido quedarse para siempre. El cigarro se ha consumido y apenas le ha dado dos caladas. Vuelve a encenderse otro. Mira por la ventana. Escucha cómo cantan los pájaros. Esa es su radio. La casa está vacía desde que ella decidió marcharse. Ni el alcohol cumple con sus expectativas. Aun borracho, él se acuerda de ella como el primer día cuando la vio bajar de aquel coche antiguo con ese vestido blanco. Todos iban en su busca, pero él consiguió arrancarle el corazón y algún que otro suspiro. La quería. La quiere. Ella es la pieza que no ha encontrado en ningún lado. Su vida : un puzzle desordenado. Ella, la razón de su sonrisa. Y ahora no está. Decidió marcharse y todo lo que le rodea tiene su nombre. Aprendió a curarle las heridas del corazón, a entender la vida desde la perspectiva del amor, a apreciar las cosas pequeñas, a sentir, a ser feliz con solo oirla respirar, a sentirse joven.... Y es que los 91 años que componen su vida le pesan. Y ella no está aquí ahora para intentar que los cimientos se tambaleen. Se fue. Se fue antes que él y su corazón se ha vuelto pequeño. Ella lo ocupaba y sin su presencia no vale la pena disfrutar de las pequeñas cosas que solo ella sabía enseñárselas. Ella era especial. Su amada. La dueña de todo su ser. Pasaron prácticamente toda la vida juntos. Hubo peleas, sí, pero solo ellos sabían como solucionarlas. Ella decía que era un duende que no le gustaba verles discutir y los llenaba de sonrisas y de amor para no perder el tiempo pasándolo mal, cuando la vida y sobre todo el amor, nos hace grandes y hace que todos los segundos que componen un día cuenten. Él se reía y observaba cada detalle que componía su persona. Su perfume es inconfundible. Y hoy, después de cuatro meses, dos días, y una hora, sigue sin aparecer por esa puerta con flores para adornar la casa que él mismo creó para que su amor tuviera un lugar donde resguardarse. Tras la ventana, un lago. Su lago. El lago donde solo bastaba su compañía para sentirse completo. Y desde que se fue lo recorre solo. No quiere mirar hacia su derecha, porque ella se ponía siempre ahí. Se resigna a aceptar que no está a su lado, protegiéndole, dándole amor como ella solo sabía hacerlo. Sale a la misma hora que solía hacerlo con ella. Quiere seguir haciendo su vida como si ella no se hubiera marchado. Y era duro levantarse y ver la cama vacía sin la luz que solo ella solía desprender de su cara. Era única. Se fue y con ella se llevó su corazón. "Solo tuyo", le decía al menos una vez al día. Le gustaba recordarle todo lo que sentía por ella, que no era poco. Sus hijos le visitan, pero no es lo mismo. Él la quiere a ella de vuelta con sus vestidos de flores y con la alegría en su mirada. Y hoy, tras todo el tiempo vivido sin ella, el destino quiso que se reunieran, por fin. Él, contento por volver a reencontrarse con la mujer que lo dio todo sin pedir nada a cambio. La que lo hizo feliz. Su mujer. Su corazón entero. Su vida. Ella, esperándole con los brazos abiertos y con el vestido favorito de él. Un amor incondicional. Un amor de los de verdad. Toda una vida juntos, y ahora en la eternidad, harán de su amor una leyenda que nadie, nunca, jamás, podrá olvidar.

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