Dijiste que me querías, y yo aceleré. Me olvidé de reducir, e iba por la autopista del amor a 120 por hora. Sin pasarme. Disfrutando de lo poco que podía. Me gusta la adrenalina. Es lo que aparece cuando me miras. O cuando estás cerca.
De repente, un semáforo. Se puso naranja y yo no paré. Solo reduje. Pasé lento esperando a que se pusiera verde y poder seguir a 120. Pero el semáforo jamás cambió de color.
Rompimos. El semáforo era una señal. El naranja era la precaución que me avisaba que tenía que observar a mi alrededor. Que me detuviera si fuera preciso. Pero no le hice caso. Pasé el límite, y ahora estoy aquí, acordándome de ti cada vez que me decías "para que nos la pegamos".
Tenía que haberte hecho caso. Y ahora estoy aquí, sola, a 50 por hora y sin nadie que me incite a acelerar. Tú eras el impulso que necesitaba y ahora no lo tengo. Y si, tenía miedo de perderte. Desde que te conocí. Por eso iba rápida por el camino del amor. No me importaba el exterior, solo me importabas tú que ibas en el asiento del copiloto con esa sonrisa que iluminaba todo a mi alrededor.
Y ahora es cuando nada de lo que hago me llena. La luna no tiene la misma forma que cuando nos quedábamos hasta tarde observándola. El viento no toca mi piel de la misma manera. El sol no me quema. Y para mí sigue siendo la misma hora todos los días.
No recuerdo dónde dejé el espejismo de tu risa, se fue el primer botón de mis vaqueros, ropa sucia, la cama vacía, los primeros momentos compartidos....
VACÍO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario